16.3.05

Azoro

Desayuné con calma, sin perder de vista el edificio antiguo en medio del pueblo abandonado. Cuando hube terminado, dirigí mis pasos hacia él. Pretendía recorrer primero el poblado, buscar alguna pista, pero la atracción de ese espacio enigmático era poderosa. Muy poderosa.
Cuando llegué a él, Mariquita chilló con fuerza. Me taladró no sólo los oídos: sentí, claramente, que su ruego o alarido o yo qué sé, pasó a través de cada una de mis neuronas. Dolió. Mareó. Sentí un dolor indescriptible y caí, supongo que sin sentido, junto a la puerta del edificio.
No sé cuánto dormí, pero no puede haber sido tanto. Eso sí: no soñé. Desperté aún sin hambre, aún mareado, cuando la noche ya había caído.
Mi sorpresa fue mayúscula: del edificio salía una luz débil y esquiva, móvil como la de una vela, pero para salir de cada grieta tendría que ser una veloa gigante, o una cantidad considerable de las mismas.
Mariquita no estaba.
La busqué, grité su nombre, todo en vano. La di por perdida (¿el grito habrá sido por estar herida de muerte?) y volví a dirigir mis fuerzas al edificio.
Si había velas encendidas, comencé a razonar, alguien estaba dentro. Alguien con la inteligencia mínima indispensable para producir fuego y controlarlo. Por lo tanto, se tendría que poder entrar.
Si no eran velas, si se trataba de alguna forma más sofisticada de iluminación (cualquier forma automática de iluminación tendría que ser más sofisticada, aún si fuera generada por antorchas), entonces más motivos tenía yo para entrar al edificio.

Di vueltas a su alrededor, primero como un científico, después como un loco. La desesperación aumentaba a cada instante porque comencé a escuchar dentro rumores, gente hablando, riendo. Cerca de la madrugada, los rumores parecían ser llanto. Cuando clareó, escuché un chillido idéntico al de Mariquita. Venía del interior de la construcción, estoy seguro de ello.
Sólo que esta vez no me desmayó. Y en cambio, se abrió lentamente la puerta.

Mientras barajaba diversas hipótesis (que la puerta abra sólo con impulsos sonoros, que Mariquita estuviera adentro, atrapada...), entré tan velozmente como mis temblorosas rodillas lo permiten.

Y entonces enloquecí. ¿Era una iglesia, un cementerio, una biblioteca? ¿Eran esqueletos de humanos o de animales? ¿Era sabiduría ancestral, broma idiota?

Las luces se apagaron. Las puertas se cerraron. No me espanté, no tenía tiempo. Me dediqué a inspeccionar. No sé cómo explicarlo.

Por dentro, el edificio es de una sola planta, pero con tapancos (la palabra no hace justicia, pues su construcción es exquisita) en diferentes niveles, conectados entre sí por escalas de lazo. El lazo parece ser hecho de las mismas enredaderas que vi en la jungla, pero puestas a secar y trenzadas. Casi todas están en buen estado.

Cada tapanco, o nivel, tiene algo diferente: en unos hay algo parecido a libros (superficies de material orgánico, probablemente hojas amasadas y puestas a secar, llenas de marcas realizadas con algún tipo de punzón, que las deja como en bajo relieve); en otros, hay objetos diversos: jarros, cazos, creaciones muy primitivas las unas, muy elaboradas otras; en algunos más hay joyas de impresionante belleza.

En lo que podría llamarse explanada central hay restos de fruta, no echada a perder sino seca. Y tiras de carne, y otros alimentos que no pude identificar. Todo, según pude comprobar, perfectamente comestible.

Pero también están los cadáveres. Pareciera que murieron de viejos. Me inquietan porque parecen humanos, pero se han deshidratado los cuerpos y miden apenas unos centímetros más que Mariquita (¿pigmeos?). Tienen rasgos toscos, pero dedos largos y finos. Uno de ellos se aferraba a uno de esos 'libros'. Quise quitárselo, fue imposible. Traté de entender los signos, totalmente fútil.

Cada cinco o diez minutos las luces del lugar, misteriosa y proveniente de unos como panales de avispas, en puntos inaccesibles del edificio, se prendían o apagaban.

Hacia las tres de la tarde tuve hambre. Revolví entre los restos de comida y elegí probar la carne. Tenía una fina capa de polvo brillante, que parece caer de las lámparas cuando se apagan. Limpié la carne y la probé: no era correosa, como hubiera pensado, ni sabía a rancio. Al terminarla, volví a los libros. Metí un par a mi mochila.

Cuando dieron las siete, según mi reloj interno, comencé a buscar el modo de salir. No había botones, ni mecanismos, ni cerrojos. Pero al poner la mano sobre la puerta, casi sin ejercer presión, ésta se abrió.

Salí, tambaleándome, y sorprendido de que, en realidad, estaba amaneciendo. Me dio alegría ver a Mariquita, viva, durmiendo en una especie de refugio hecho con hojas, a un lado de la puerta del edificio. Tras la alegría, vino el azoro: ¿cómo pudo construirlo ella sola en apenas un día? ¿Pensaba tal vez que me quedaría dentro más tiempo? Un momento: dije, ¿pensaba? ¿piensa Mariquita?

La dejé dormir y me puse a escribir. Ahora mismo la observo dormir.

...y en el fondo de esta pantalla, el diario electrónico indica que es marzo 16. ¿Será posible que...? No, no. No estuve ahí dentro dos meses. ¿O sí?

28.1.05

¡¡¡Aquí hubo gente!!!

Caminamos toda la tarde (yo caminé; Mariquita prefirió subirse a mi hombro y usarlo como una torre de observación). Me cansé pronto porque, además de a la pequeña, cargaba mi ordenador en su mochila, frutas, hojas... Traía, como carga especialmente incómoda, unos 2 metros de una liana gruesa que crece cerca del arroyo que dejamos atrás. Creo que no lo he dicho antes, pero esas lianas son sólo agua por dentro, y se pueden beber como cuando uno come la famosa caña de azúcar cubana, sólo que en vez de un jugo meloso hay agua cristalina y espomusa, de soda como la del río. Sin embargo, es pesado de cargar y hay que hacer cortes precisos en la planta, beber a gran velocidad sólo lo necesario, y luego juntar los labios de la herida y sostenerlos así unos diez minutos, tiempo suficiente para que cauterice el corte... y para que vuelva a dar sed.

No creo que hayamos avanzado más que una decena de kilómetros. Nos detuvimos cuando ya era oscuro ante algo que me pareció una formación rocosa irregular. A la mañana, descubro con asombro -casi con horror- que es una ciudad abandonada.
Las casas son de arcilla y de techos muy bajos, casi como para pigmeos; pero su hechura es hábil y hasta elegante. Lo que más me sorprende es que hay un edificio cntral sellado por fuera, con las ventanas clausuradas y marcas diversas, como de injurias del tiempo. Pero es el único que muestra semejante deterioro.
Mariquita está a disgusto, de mal humor. Me ofrece un poco de aquella tangerina alucinante (tuve que ponerle nombre), pero esta vez no estoy dispuesto a perder una semana, no cuando estoy en una zona no explorada y tan asombrosa.
Voy a dedicar el día a explorar aquí. En especial, quiero entrar al edificio del centro.
Pero eso será luego del desayuno: estoy viejo y no debería descuidar mi pobre organismo.

27.1.05

Mariquita me habla

Lamento no haber escrito antes. Dejé el ordenador en el campamento temporal que me hice con hojas y ramas, y fui a buscar algo qué comer. Una maravilla me llevó a la siguiente y me alejé más de lo previsto. Todo el tiempo estuve acompañado por Mariquita. Hubo un momento en que creí estar perdido, pero ella me miró fijamente y, junto con un dolor de cabeza similar al que tuve al despertar del sueño largo, sentí que me decía la ruta. la seguí y, efectivamente, hemos vuelto.
Creo que lo que comimos, sea lo que sea, nos ha creado una forma de lazo mental, porque varias veces he sentido que Mariquita me habla y, a veces, me parece que entiende mis temores o mis deseos con escalofriante exactitud.
Comimos, efectivamente, cosas distintas: unos tubérculos como papas y unas frutas jugosas, que cocimos enterrándolas y haciendo fuego encima (tener un encendedor me ha sido muy útil, pero cómo extraño mi tabaco). mariquita se negaba a probarlas, pero pensé fuerte en lo delicioso que sería tener, por fin, algo cocido, y se animó.
Somos buenos cocineros.
Y bien, hemos vuelto a levantar el campamento. Mariquita me ha pasado el dolor de cabeza junto con la certeza de que está dispuesta a acompañarme más allá de la selva.
Andaremos toda la tarde. Espero que encontremos un refugio adecuado antes de que la noche caiga como acostumbra aquí.

24.1.05

Confuso

Despierto suave, gradualmente, como cuando se durmió lo necesario. Tengo un ligerísimo dolor de cabeza y la boca seca. Es de noche, me sorprendo: ¿dormí toda la tarde? ¿todo fue un sueño? Poco a poco voy recobrando los sentidos: huele a vegetación, a humedad. Se escucha el rumor lejano de voces y tambores. Mariquita está acurrucada a mi lado. Prendo el ordenador sin hacer ruido y la fecha indica que han pasado cinco días desde mi última anotación. No hay duda: han pasado días, y, lo que es más raro, hay mensajes míos -mensajes dentro de botellas virtuales- en otros blogs. Recuerdo vagamente haberlos escrito. No: haberlos dictado. A Mariquita. ¿Qué le está pasando a mi cabeza? ¿Enloquezco? ¿O todo lo que experimenté tras la ingesta del fruto aquel fue real?
Estoy confundido. Buscaré algo qué beber y procuraré dormir. La luz del sol me ayudará, espero, a aclarar mis pensamientos y entonces contaré todo lo que ha pasado (o que no ha pasado y soñé).

PD. Casi lo olvido: veo varios mensajes, respuestas amables y cariñosas. Les agradezco que mantengan el contacto con este senil Rip Van Winkle. Y les visitaré, que leer sus bitácoras me llena de alivio, me hace sentir en casa.

19.1.05

Dos días después

Han pasado dos días desde la última vez que escribí algo. Mi humor ha variado mucho, yendo de la autocompasión a la ira. Al final ganó el espíritu científico y decidí consignar las cosas como debe de ser.
He escrito muy poco de lo que me rodea, apenas lo que tiene que ver directamente conmigo. ¡Y si ningún otro ser humano llega jamás a Livingstonia? ¿Si el único registro de lo que aquí existe es este cuaderno imaginario? Sería un crimen entonces que todo se redujera a cómo se siente el viejo doctor.
Así que me dí dos días para agotar la autocompasión --y para mirar con más cuidado lo que me rodea.
Hasta el momento, todo parece indicar que estoy en una isla grande o en una masa firme de tierra. Creo que es así por el tiempo que tardé en atravesar la jungla. O el bosque. (Esto es algo que en verdad me causa conflicto: toda la jerga conocida se queda corta a la hora de describir los climas y ecosistemas y las estrellas, animales y plantas que me rodean).
Los árboles son altos y viejos. No hay señales de tala, ni de erosión, ni de participación humana en la conformación de la masa boscosa. Hasta hoy no me ha tocado ver llover, pero el ambiente es húmedo y no parece faltar el agua, por lo menos en esta zona.
La mayoría de los árboles no son frutales: son de hojas grandes, anchas y de color verde oscuro. Supongo que se reproducen por esporas y no por flores. He encontrado, ademças de los dos ya mencionados, unos cuantos de apariencia frutal; uno, que se parece mucho al melocotón, da frutos ligeramente insípidos y esponjosos, que no parecen ser tóxicos pero tampoco resultan una experiencia agradable.
Los otros son, en general, variantes de las bayas: arbustos con frutos arracimados de sabor dulce (si están maduros) o agridulce (cuando aún les falta).
El único que merecería una descripción aparte es un árbol similar al Naranjo que da unas flores grandes y blancas, de olor dulce y profundo. No he visto sus frutos en el árbol, pero sí tirados cerca de las plantas. Curiosamente, no se ven podridos, sino en extremo maduros, y tienen por dentro una consistencia como de mermelada (tendrá que ver, supongo, con que hace mucho que están en tierra). De inicio me dio repugnancia probarlos, pero Mariquita (la ardilla) se lanzó con tanta fruición sobre uno, que vencí el asco y tomé otro.
El sabor es como envinado (supongo que empieza a fermentar) y a la vez dulce. Lo más sorprendente es que altera los sentidos: sólo comí el equivalente a una cucharadita y comencé a sentir que la cabeza se me volvía ligera.
Mientras, Mariquita me miraba fijamente, aunque sus ojos estaban acuosos, lo que indica, creo, que también sintió los efectos de la mermelada.
Lo más curioso es que, mientras me miraba con atención, me parecía sentir por dentro que me estaba hablando.
Me dio mucho miedo y vomité. Pronto pasó el efecto, pero me quedó un dolor de cabeza terrible.
Ahora, mientras escribo, Mariquita empuja con una de sus patas el resto de la fruta hacia mí. Quiere que comamos. ¿Será una buena idea?

16.1.05

Afuera es domingo

Si las horas duran igual aquí que afueral es decir: si cuando aquí oscurece se hace de noche fuera de mi clóset y si cuando aquí amanece, pasa también allá; digo, si todo esto es igual dentro que fuera del sexto continente, ahora debe ser la mañana del domingo.
Afuera, más allá de este bosque/jungla, de esta playa y de aquel mar, fuera del clóset en el que me he perdido (suena tan absurdo...); afuera, pues, mi nieta Maria debe estar poniéndose su vestido de encajes para ir a la iglesia. Está en esa edad en que ir a la iglesia es emocionante, no por la sangre del cordero y esas cosas, sino por la posibilidad de estrenar un vestido, o usar alguno vedado entre semana. Maria parece muñeca cuando le hacen esos caireles (ella dice caideles).
Mi hijo Roberto no va con Maria y su madre a la iglesia. Prefiere ir (¿venir?) a casa a visitarme. Vemos juntos alguna película, planeamos alguna expedición que nunca se ha de realizar (yo ya estoy viejo y él está demasiado joven). Me hace hablar por horas para su grabadora de cinta magnética, y dice que algún día escribirá el libro de mis memorias.
Creo que en el fondo es un niñito que disfruta las historias de su papá, y eso me llena de una extraña satisfacción, totalmente fuera de lugar en un hombre viejo que habla con el padre de una muñequita acairelada.
Si Roberto entrara hoy a casa y encontrara el clóset abierto, y viera el mar en su interior quizá podría salvarme. Si confiara yo en esa esperanza, desde anoche habría desandado el camino para volver a la playa.
Pero Roberto está en viaje de trabajo (uno de esos viajes tristes en que no se conoce nada del lugar en que se está) y volverá en tres semanas. Y no creo que mi nuera (quien me detesta un poco por 'robarle' a su marido los domingos) o mi nieta (el tiempo pasa de otro modo para los niños) intenten venir a visitarme, o siquiera llamar por teléfono.
Así que no volví sobre mis pasos. Le enseñaré algunos trucos a mi ardilla. Quizá podamos pasar un domingo agradable los dos juntos.

15.1.05

Debería darme vergüenza

Ayer, después de mi anotación derrotista, leí los mensajes que tan cortésmente me dejaron Margo Strega y Alejón. Y me dio vergüenza rendirme tan pronto.
Visité sus respectivas bitácoras y me sentí acompañado, agradecido. Por un rato olvidé el lugar extraño en el que estoy. Y en el fondo de mi mente surgió la certeza de que no estoy tan perdido mientras tenga este contacto con el mundo de los otros cinco continentes.
Así que recuperé fuerzas visitando un log y luego otro y otro más (y así), hasta que me sentí confiado de nuevo. Me levanté a recolectar frutos y pasé una maravillosa tarde explorando esto que ni es jungla ni es bosque.
Una ardilla (o rata de livingstonia, pero cada vez me gusta menos el nombre) me ha seguido todo el tiempo. Avanza cuando camino, se detiene cuando me paro, come cuando yo como. Por momentos parece que quiere enseñarme cosas. Por ejemplo, en uno de los momentos en que tomé una dulcinea y estaba a punto de darle una mordida, ella dejó la suya en el piso y subió a un árbol, del que aventó dos frutos. Bajó, tomó uno y lo mordió. Yo tomé el otro, y ella pareció alegrarse, porque chilló varias veces y agitó sus manitos como si festejara. Creo que más que ardilla o rata, es un ángel de livingstonia, pero no suena a nombre científico.
Con respecto a las frutas, éstas tienen la forma y consistencia de los chicozapotes americanos, pero su color es azul cielo por fuera y azul blanquecino por dentro. Su sabor es aún mejor que el de las dulcineas. Lo voy a llamar Carne de cielo.
Hoy llegué al final del bosque, pero no he reunido el valor para internarme en tierra sin follaje. ¿Quién sabe qué me encontraré? Además, mi ángel se resiste a acercarse a cien metros del linde. Quizá me quede un día más de este lado, aprendiendo de las costumbres ratiles o ardilliles o angélicas de este pequeño animal, al que quizá podría llamar ardilla bonhómica, por aquello de sus buenos actos para conmigo.
No sé. En esto de poner nombres, me siento más cerca de Adán que de Lineo.