Azoro
Desayuné con calma, sin perder de vista el edificio antiguo en medio del pueblo abandonado. Cuando hube terminado, dirigí mis pasos hacia él. Pretendía recorrer primero el poblado, buscar alguna pista, pero la atracción de ese espacio enigmático era poderosa. Muy poderosa.
Cuando llegué a él, Mariquita chilló con fuerza. Me taladró no sólo los oídos: sentí, claramente, que su ruego o alarido o yo qué sé, pasó a través de cada una de mis neuronas. Dolió. Mareó. Sentí un dolor indescriptible y caí, supongo que sin sentido, junto a la puerta del edificio.
No sé cuánto dormí, pero no puede haber sido tanto. Eso sí: no soñé. Desperté aún sin hambre, aún mareado, cuando la noche ya había caído.
Mi sorpresa fue mayúscula: del edificio salía una luz débil y esquiva, móvil como la de una vela, pero para salir de cada grieta tendría que ser una veloa gigante, o una cantidad considerable de las mismas.
Mariquita no estaba.
La busqué, grité su nombre, todo en vano. La di por perdida (¿el grito habrá sido por estar herida de muerte?) y volví a dirigir mis fuerzas al edificio.
Si había velas encendidas, comencé a razonar, alguien estaba dentro. Alguien con la inteligencia mínima indispensable para producir fuego y controlarlo. Por lo tanto, se tendría que poder entrar.
Si no eran velas, si se trataba de alguna forma más sofisticada de iluminación (cualquier forma automática de iluminación tendría que ser más sofisticada, aún si fuera generada por antorchas), entonces más motivos tenía yo para entrar al edificio.
Di vueltas a su alrededor, primero como un científico, después como un loco. La desesperación aumentaba a cada instante porque comencé a escuchar dentro rumores, gente hablando, riendo. Cerca de la madrugada, los rumores parecían ser llanto. Cuando clareó, escuché un chillido idéntico al de Mariquita. Venía del interior de la construcción, estoy seguro de ello.
Sólo que esta vez no me desmayó. Y en cambio, se abrió lentamente la puerta.
Mientras barajaba diversas hipótesis (que la puerta abra sólo con impulsos sonoros, que Mariquita estuviera adentro, atrapada...), entré tan velozmente como mis temblorosas rodillas lo permiten.
Y entonces enloquecí. ¿Era una iglesia, un cementerio, una biblioteca? ¿Eran esqueletos de humanos o de animales? ¿Era sabiduría ancestral, broma idiota?
Las luces se apagaron. Las puertas se cerraron. No me espanté, no tenía tiempo. Me dediqué a inspeccionar. No sé cómo explicarlo.
Por dentro, el edificio es de una sola planta, pero con tapancos (la palabra no hace justicia, pues su construcción es exquisita) en diferentes niveles, conectados entre sí por escalas de lazo. El lazo parece ser hecho de las mismas enredaderas que vi en la jungla, pero puestas a secar y trenzadas. Casi todas están en buen estado.
Cada tapanco, o nivel, tiene algo diferente: en unos hay algo parecido a libros (superficies de material orgánico, probablemente hojas amasadas y puestas a secar, llenas de marcas realizadas con algún tipo de punzón, que las deja como en bajo relieve); en otros, hay objetos diversos: jarros, cazos, creaciones muy primitivas las unas, muy elaboradas otras; en algunos más hay joyas de impresionante belleza.
En lo que podría llamarse explanada central hay restos de fruta, no echada a perder sino seca. Y tiras de carne, y otros alimentos que no pude identificar. Todo, según pude comprobar, perfectamente comestible.
Pero también están los cadáveres. Pareciera que murieron de viejos. Me inquietan porque parecen humanos, pero se han deshidratado los cuerpos y miden apenas unos centímetros más que Mariquita (¿pigmeos?). Tienen rasgos toscos, pero dedos largos y finos. Uno de ellos se aferraba a uno de esos 'libros'. Quise quitárselo, fue imposible. Traté de entender los signos, totalmente fútil.
Cada cinco o diez minutos las luces del lugar, misteriosa y proveniente de unos como panales de avispas, en puntos inaccesibles del edificio, se prendían o apagaban.
Hacia las tres de la tarde tuve hambre. Revolví entre los restos de comida y elegí probar la carne. Tenía una fina capa de polvo brillante, que parece caer de las lámparas cuando se apagan. Limpié la carne y la probé: no era correosa, como hubiera pensado, ni sabía a rancio. Al terminarla, volví a los libros. Metí un par a mi mochila.
Cuando dieron las siete, según mi reloj interno, comencé a buscar el modo de salir. No había botones, ni mecanismos, ni cerrojos. Pero al poner la mano sobre la puerta, casi sin ejercer presión, ésta se abrió.
Salí, tambaleándome, y sorprendido de que, en realidad, estaba amaneciendo. Me dio alegría ver a Mariquita, viva, durmiendo en una especie de refugio hecho con hojas, a un lado de la puerta del edificio. Tras la alegría, vino el azoro: ¿cómo pudo construirlo ella sola en apenas un día? ¿Pensaba tal vez que me quedaría dentro más tiempo? Un momento: dije, ¿pensaba? ¿piensa Mariquita?
La dejé dormir y me puse a escribir. Ahora mismo la observo dormir.
...y en el fondo de esta pantalla, el diario electrónico indica que es marzo 16. ¿Será posible que...? No, no. No estuve ahí dentro dos meses. ¿O sí?
